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Bienal Internacional de Arquitectura

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Bueno, bonito, barato

¿A quién le importa la arquitectura? ¿Acaso le importa al común de los mortales?¿Por qué no ocupa un lugar en el telediario del prime time?

Por qué se debate con naturalidad sobre gastronomía, moda, deporte, tecnología o salud mental y, sin embargo, cuesta tanto abrir una conversación pública sobre la calidad espacial de los lugares donde transcurre la vida?


El filósofo, poeta y catedrático de Estética José María Valverde, en una conferencia impartida en el IVAM en 1994, señalaba que la ausencia de artículos en medios generalistas explicaba el desinterés social por esta disciplina. Pero ¿es ese el verdadero motivo por el que la sociedad no comprende los espacios que habita? ¿O acaso el lenguaje profesional se ha vuelto elevado, ensimismado e incapaz de acercarse al común de la ciudadanía? ¿Cómo despertar entonces el interés por entornos de calidad en un contexto marcado por la urgencia habitacional?

 

Un ejemplo temprano fueron las Mail Order Houses, o casas por correo, que lograron democratizar el acceso a la vivienda bien diseñada. A finales del siglo XIX, extensos catálogos de casas prefabricadas llegaban masivamente a los buzones, despertando interés general y ofreciendo soluciones a la carta en un momento de creciente necesidad residencial. Tras realizar el pedido, las personas recibían un kit completo —con materiales precortados y sistemas constructivos innovadores— que llegaba por tren en distintas fases para facilitar un ensamblaje sencillo.

 

Aquel modelo pionero, precursor de muchos procesos industrializados actuales, permitió imaginar que la vivienda podía producirse con la misma eficiencia con la que se fabricaban automóviles: en serie, con calidad y a un precio asumible para las clases medias y trabajadoras. Esas innovaciones constructivas sirvieron para redefinir el estilo moderno. Y, sin embargo, pese a ese potencial, ¿Por qué la arquitectura no ha evolucionado favorablemente?

 

Volvamos a José María Valverde. En esa misma conferencia se preguntaba por qué la modernidad, nacida de un cambio radical del pensamiento, había acabado fracasando. Y se respondía: La culpa, claro está, es básicamente de la clientela, privada u oficial, que ha demostrado no estar a la altura moral. Pero ¿recae esa responsabilidad únicamente en la sociedad? Andrés Rubio, en su libro España fea, también lamenta la indiferencia colectiva ante un paisaje degradado. Ahora bien, ¿qué significa exactamente la fealdad? ¿Quién decide lo que es feo o bello, bueno o malo?


El filósofo Holmes Rolston sostenía que hoy reconocemos belleza allí donde antes no la veíamos: en aquello cargado de simbolismo, de vida ética, sostenible y sencilla. Como ejemplo, en la reciente y popular portada del disco Debí tirar más fotos de Bad Bunny aparecen dos sillas de plástico modelo monobloc que evocan una vida común, cotidiana y plena de significado. Esa silla, omnipresente en todo el planeta, sirvió también al diseñador Martí Guixé para reivindicar las virtudes del “diseño barato”. Un objeto reconocible que, a diferencia de otras piezas mucho más caras y exclusivas, rara vez aparece en las estancias que protagonizan revistas de tendencias. ¿Acaso lo barato y cotidiano no puede ser también bueno, e incluso bello?

Conviene cerrar el círculo con la última observación de José María Valverde, cuando señalaba también la responsabilidad de quienes proyectan y construyen. En un tiempo en el que existe el mayor número de profesionales y escuelas especializadas, ¿por qué seguimos rodeados de edificios y espacios tan cuestionables? El arquitecto y profesor Ramón Faura comparte esa inquietud cuando afirma: “A menudo criticamos a los arquitectos estrella, pero lo cierto es que, por cuestiones meramente cuantitativas, son mucho más nocivos los arquitectos no estrella que, desde el anonimato, arrasan montañas y playas”.


La responsabilidad, en realidad, es compartida: instituciones, mercado, marcos regulatorios, cultura profesional y modos de vida participan de ella. Durante demasiado tiempo se ha tolerado que la construcción cotidiana quedara fuera de la conversación prestigiosa. Se celebraban las excepciones mientras se naturalizaba el desastre ordinario.

Según la UIA (Unión Internacional de Arquitectos), se estima que en el mundo hay 3,2 millones de profesionales del sector. En Euskadi, por ejemplo, el ratio es de una persona arquitecta por cada 750 habitantes, muy por encima de la media europea (una por cada 1.000). ¿Qué papel desempeñamos quienes ejercemos esta profesión cuando limitamos nuestra práctica a cumplir burocráticamente leyes, protocolos e instancias, mientras el oficio se ahoga entre la precariedad y la falta de mano de obra cualificada? ¿De qué modo puede sostenerse al mismo tiempo la equidad económica, la justicia laboral y la calidad estética sin que una dimensión se imponga sobre las otras?

 

“Bueno, bonito y barato” es una de esas fórmulas que todo el mundo entiende y casi nadie cree del todo. Un reclamo comercial, una promesa de ganga, una sabiduría popular convertida en consigna. Algo sospechoso que nos lleva a pensar que una de las tres condiciones acabará fallando. Precisamente por eso, esta expresión tan común y aparentemente menor abre una vía para pensar el presente: permite nombrar la tensión entre ética, estética y economía, y preguntarnos hasta qué punto algo puede ser simultáneamente justo, bello y accesible.

 

En el contexto actual —marcado por el belicismo, la escasez material, la falta de profesionales de la construcción, la precariedad laboral, la crisis medioambiental, la escasez de vivienda, el aceleracionismo asociado a la inteligencia artificial y los hábitos de la sociedad de consumo— cabe preguntarse cómo democratizar el derecho a espacios bien pensados, construidos con calidad y capaces de generar un impacto positivo. Lugares que optimicen recursos desde una conciencia ecológica sin renunciar a la ética del trabajo. ¿Es posible hoy una arquitectura buena, bonita, barata y universal o, acaso, reside ahí la verdadera utopía de nuestro tiempo?



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